“Los héroes andan
sueltos”. Así titula la escritora
venezolana Ana Teresa Torres el Preámbulo de su interesante libro La herencia de la tribu y cada día que pasa parece que nos obstinamos en
demostrar que tiene razón. Pero si los héroes pululan, debe ser porque cuentan
con públicos entusiastas que los producen y los sostienen.
Hago
un breve recuento: en la escuela primaria o básica, y también en el
bachillerato, la historia que estudiamos era la de batallas, combates y
degollinas; de hombres que mataban -y algunos murieron en ello- a sablazos, balazos,
lanzazos; hombres a caballo, con o sin uniformes y charreteras, hombres
violentos, en una palabra. No es preciso entrar a considerar la necesidad de sus
acciones pero valdría la pena preguntarse si acaso son los únicos que merecen reverencia
ya que nuestra historia republicana está cargada de destacadas figuras civiles
que apenas nombramos y, menos aún, conocemos. Juan Germán Roscio, Andrés Bello,
Simón Rodríguez, Fermín Toro, Juan Vicente González, Rafael María Baralt, José
María Vargas para sólo remitirme al siglo XIX, fueron civiles a quienes muy
pocos admiran y a quienes, seguramente ningún venezolano consideraría un héroe,
es decir, una “Persona que se distingue por haber realizado una hazaña
extraordinaria, especialmente si requiere mucho valor”. ¿Por qué? Tal vez
porque, «hazaña extraordinaria», «valor», «coraje» o «valentía» son cualidades que, para nosotros,
están ligadas a la fuerza, a la violencia y al voluntarismo individual, no al
trabajo paciente, al diálogo ni a la perseverancia. Pero esos civiles que acabo
de mencionar líneas arriba -y también muchos otros- hicieron por la República algo
muy distinto de echar tiros y que, no obstante, requería mucho valor y sobre
todo, mucha inteligencia. Porque dedicarse a enseñar, a pensar, a escribir, a
tratar de fundamentar las posiciones asumidas sobre razones y no sobre la
fuerza bruta del fusil o de la pandilla, en tiempos cuando casi todo el que no
estaba matando estaba huyendo para que no lo mataran, me parece no sólo
meritorio, sino tremendamente valiente y extraordinario, o sea, heroico.
Y paradójicamente en las últimas décadas, cuando
el trabajo civil para sostener las instituciones republicanas ha sido más urgente
y menos glamoroso, el hambre de héroes que tantos venezolanos sienten se ha
hecho más que patente: ¿recuerda alguien a los niños disfrazados de militares
durante el carnaval inmediatamente posterior al intento de golpe de Estado en febrero
de 1992? ¿O los titulares elogiosos de la prensa nacional y la
peregrinación a la cárcel de Yare para visitar a los “ángeles rebeldes“, como
calificó Angela Zago a una sarta de oficiales felones, irresponsables y
cobardes? ¿Hemos olvidado acaso que uno de esos militares –el más cobarde,
traicionero e irresponsable de todos ellos- fue elegido Presidente de la
República, es decir, que se le otorgó el máximo cargo político al que se puede
aspirar? Y más recientemente, ¿alguien recuerda que al nefasto general Padrino
López lo ensalzaron en las redes sociales como el salvador del triunfo civil de
los demócratas en 2015 con ocasión de la elección de la Asamblea Nacional? En
los presentes días hay, lastimosamente no podría ser de otro modo, un mercadeo en
auge de héroes y heroínas: una señora que ha sido cómplice de los desmanes
penales desde el 2009, ahora es una figura admirada porque está haciendo lo que su cargo le demandaba
hacer desde que lo asumió; un desconocido policía sobrevuela Caracas en un
helicóptero, hace unas piruetas, graba un par de videos y la gente lo aclama;
grupos de muchachos se enfrentan a los cuerpos represivos y todo el mundo se
refiere a ellos en términos épicos y rimbombantes; un dirigente político que
con su precipitación e impericia propició no sólo su encarcelamiento sino la
muerte de varios ciudadanos a manos de los esbirros del gobierno actual es
también elevado a la condición de héroe. Y uno asombrado se pregunta ¿y cuál es
la hazaña extraordinaria que pueden acreditar para ello? Por más que uno busca,
la razón y la mesura no le permiten hallar nada parecido…pero para la masa que
los aclama y para el pueblo, ese cuya voz es la de Dios y que, además, siempre
tiene la razón, un llamado a la sensatez y a la mesura es un síntoma de
debilidad.
Tal vez este es uno de
los motivos por los que la política sigue siendo vista con tanto desdén en
nuestro entorno y por lo que quienes se empeñan en practicarla honestamente aún
a riesgo de su integridad, siguen siendo tildados de cobardes, faltos de b…; blandengues
y de otros calificativos peores. Tal vez meditando sobre estas actitudes podamos
entender por qué Julio Borges fue tan
duramente criticado cuando en forma gallarda no respondió con violencia a la
violencia de la que acababa de ser objeto en la Asamblea Nacional por parte de
un coronel de infausta recordación; o por qué a Henrique Capriles se le sigue echando
en cara que “cobardemente entregó su victoria electoral en 2013 porque no llamó
a la gente a asaltar el C.N.E”.
Tal vez, en fin,
meditando sobre estas lacerantes cuestiones lleguemos un día a entender que no
necesitamos héroes sino ciudadanos, funcionarios y líderes, valientes sí, pero
no irresponsables.
Tomás Palacios M.
U.C.V.
Julio 10 2017